sábado, 7 de diciembre de 2019

El placer y la felicidad

Felicísimo Martínez op : "El gran error está en confundir el placer con la felicidad"

Placer y sentido
Placer y sentido

"El pobre placer ha sido demasiado denostado en casi todas las religiones, también en la religión cristiana. Se le ha presentado como el enemigo de todo: de la espiritualidad, de la moral, del evangelio..."

"No hay una sola página en los cuatro evangelios canónicos en la que se pueda encontrar una condena del placer. Si no lo condenan los evangelios, ¿por qué lo habría de condenar la iglesia?"

"Se ha repetido varias veces en la historia del pensamiento: 'dadme un por qué y seré capaz de afrontar cualquier para qué'. La sabiduría más clásica casi siempre coloca la prioridad de la parte del sentido"

"Los analistas de la cultura actual insisten en que vivimos en una sociedad abundante en ofertas de placer y escasa en ofertas de sentido"

"La cultura actual es abundante en placer y escasa en sentido, abundante en técnica y escasa en ética, abundante en política y escasa en mística"

Placer y sentido: ¡interesante binomio! ¡A veces difícil de conjugar! Escojan. Pero con cuidado, porque en este asunto, como en otros muchos, la precipitación no es buena consejera. Lo que apetece más y primero no es necesariamente lo mejor, ni lo más conveniente, ni lo que proporciona más calidad de vida.
Puede que ese binomio tenga algo que ver con el aprecio de Jesús por la sal y la luz, por el sabor y el sentido. ¿Qué sería de la vida si faltaran la una o la otra o las dos?
Que nadie vea en estas palabras de entrada un prejuicio frente al placer ni, mucho menos, una condena del mismo. El pobre placer ha sido demasiado denostado en casi todas las religiones, también en la religión cristiana. Se le ha presentado como el enemigo de todo: de la espiritualidad, de la moral, del evangelio… ¿De veras que es enemigo del evangelio? No hay una sola página en los cuatro evangelios canónicos en la que se pueda encontrar una condena del placer. Si no lo condenan los evangelios, ¿por qué lo habría de condenar la iglesia? Si no lo condena Jesús, ¿por qué lo habrían de condenar sus seguidores?
El placer es muy importante en la vida. Tan importante que si desapareciera totalmente, desaparecían también las ganas de vivir. Lo decía con mucha seriedad el gran filósofo Aristóteles. Y lo decía precisamente cuando estaba reflexionando sobre la ética. El gran filósofo griego se pregunta por qué los placeres más intensos están asociados a la alimentación y a la sexualidad. Y esta es su respuesta: porque se trata de las dos actividades directamente relacionadas con la supervivencia del individuo y de la especie. Si no existiera placer en la alimentación se pondría en peligro la supervivencia del individuo. Muchas personas se dejarían morir de inanición. Y si no existiera placer en la relación sexual se pondría en peligro la supervivencia de la especie. No habría estímulo para la reproducción (Ahora la ingeniería genética podría garantizar la supervivencia sin la relación sexual, pero sería una supervivencia muy inhumana). El placer está en el origen de muchas motivaciones.
Ecologia
Ecologia
Pero el placer tiene algunas características a las que conviene prestar atención. Está asociado a los sentidos externos, a gratificaciones sensibles. Tiene lugar cuando se satisface la apetencia de los sentidos: el gusto, el tacto, el oído, la vista, el olfato. La mayor parte de los placeres son muy puntuales y pasajeros. Tan pronto llegan como desaparecen. Y lo más difícil del placer es administrarlo bien, gestionar su tiempo y su medida, jerarquizar… En el juego del placer o te pasas o no llegas. No es bueno no llegar, porque faltaría motivación en aspectos importantes de la vida. Pero tampoco es bueno pasarse, porque aparecen algunos riesgos. El abuso del placer puede producir hastío, rechazo, falta de sentido. Extremar el placer acaba produciendo obnubilación de la mente, deterioro de la salud, malestar por exceso… El consumo del vino y los banquetes pantagruélicos lo han demostrado con frecuencia. Por eso hay que afirmar que el placer es bueno, es muy importante en la vida, pero hay que añadir: ma non troppo.
Y, sobre todo, hay que encontrarle el sentido.
El sentido es otra cosa. No se anda por las ramas. Va al fondo de la vida, de todos los aspectos de la vida. Y es tan importante que es como el motor de todo el vivir y el obrar. Se ha repetido varias veces en la historia del pensamiento: “dadme un por qué y seré capaz de afrontar cualquier para qué”. La sabiduría más clásica casi siempre coloca la prioridad de la parte del sentido. Todo lo que tiene sentido vale la pena, incluso cuando falta el placer.
Como el placer, también el sentido tiene sus características propias. Traspasa la epidermis de los sentidos externos y hunde sus raíces en los sentidos más internos. Apunta a una conciencia despierta, a una atención plena, a una lucidez que arroja luz sobre cuanto somos y hacemos. A diferencia del placer, el sentido en general tiene un carácter permanente. Es todo menos provisional y pasajero. Nos pone en contacto con lo permanente y eterno. Abarca espacios y ámbitos a los que apenas llegan los placeres sensoriales. El mundo del sentido está asociado a las experiencias estéticas, a las experiencias éticas, a las experiencias religiosas. Es ahí donde manan las fuentes más abundantes del sentido. Es ahí donde nos encontramos con momentos supremos de la vida que no quisiéramos que desaparecieran, que nos gustaría que duraran una eternidad, que fueran capaces de parar el tiempo y el cosmos.
PLacer y sentido
PLacer y sentido
¿Qué dice esta sociedad del bienestar sobre todo esto? De entrada, está mucho más interesada por el placer que por el sentido. Los analistas de la cultura actual insisten en que vivimos en una sociedad abundante en ofertas de placer y escasa en ofertas de sentido. Sucede, por supuesto, en las sociedades del bienestar, pero también en las sociedades del malestar. El ideal de felicidad que se vende en estas últimas es el mismo ideal que rige y gobierna el mundo del consumo.
Es una sociedad abundante en ofertas de placer, que ha sofisticado hasta la saciedad el placer. Basta ver la cantidad de sabores de yogures o de helados, o la infinidad de olores de ambientadores, o la variedad de músicas, o la constante innovación de los diseños para hacerlos más gratos a la vista, o el esfuerzo por ofrecer muebles cada vez más confortables y superficies más mórbidas. Bienvenidos todos los placeres que ayuden a elevar la calidad de vida de las personas. Ma non troppo.
PLacer del chocolate
Ciertamente, la única motivación que mueve a la sociedad del consumo no es la calidad de vida de las personas, sino el incentivo económico. No hay mejor cebo para el mercado que cambiar la necesidad por el deseo. Se compra mucho menos en el mercado cuando el comprador va con su lista de necesidades. La necesidad desaparece, una vez cubierta. Se compra mucho más y mucho más inútilmente cuando el consumidor va sencillamente incentivado por el deseo. El deseo nunca se sacia completamente.
En principio, nada que objetar a la oferta de placer que hace esta sociedad del bienestar. El gran error está en confundir el placer con la felicidad o en intentar convencer a la gente que el placer garantiza la felicidad. La experiencia dice que esto es un error. Son muchas las personas que tienen todas las condiciones materiales para ser felices, y la felicidad no llega. Son muchas las personas que tienen accesos a los más sofisticados placeres inventados por esta sociedad del bienestar, y la felicidad no llega. ¿Dónde está la clave? Quizá no se administran bien los placeres, quizá no se gestionan bien el tiempo y la medida, quizá se da lugar a un hastío contraproducente. Pero la razón de fondo debe ser esta: Quizá el placer termina siendo enemigo de la felicidad cuando falta el sentido de la vida, de los distintos ámbitos de la vida. Por eso es preocupante aquel diagnóstico de la cultura actual: abundante en placer y escasa en sentido, abundante en técnica y escasa en ética, abundante en política y escasa en mística.
Apuntó bien al fondo del problema el conocido psicoanalista Viktor Frankl, el autor de aquel interesante libro El hombre en busca de sentido. La tesis central de este su libro y de todos sus libros se puede resumir así: “El problema fundamental de las personas no es la falta de placer, sino la falta de sentido. Sin placer se puede vivir; sin sentido solo queda como salida el suicidio”. Y añade una observación muy aguda: “A medida que la vida de las personas está falta de sentido, las personas corren en todas las direcciones para llenar los huecos de sentido a base de placer”. Es la carrera loca del placer. En el libro hay una frase digna del evangelio cristiano. El autor fue un superviviente de los campos de concentración. La frase es la siguiente: “De los que pudimos sobrevivir solo sobrevivimos quienes encontramos sentido al sufrimiento”.
Felicísimo Martínez

miércoles, 23 de octubre de 2019

Iglesia y sexualidad de Claudio Ibañez S.